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Declaratoria #1

Parece broma después de casi tres años de separación tomarme por fin, la iniciativa de comenzar a escribir un blog. Tuve a bien esperar este tiempo por aquello de la consideración de un duelo patológico que, como indica el nombre, tuvo la hermosa idea de habitarme las entrañas más tiempo del necesario. Ergo, aquí estoy, tres años de separada y creo/espero dos de divorciada. Tengo entendido hubo un problema con la jueza en turno por aquello de que supo cómo estuvo la situación y buscaba que yo reclamara el abandono de hogar y lo que me tocaba y demandara y bla, bla, bla. Todo lo que quería era cortar lazos y continuar con mi vida, quién diría que los lazos eran internos; una bola de venas enredadas cual cables navideños y con un putero de lucecitas que ya no servían. Aunado a ello, plásticos de esos que tienen la hermosa característica de causarte un mini-infarto al ser pisados y una letanía de groserías que provocarían el infarto real de la abuela con rosario en mano.

No pretendo nada importante con esto; seguir con la terapia de escribir y escribir que siempre ha funcionado pero que se ha quedado en la nada de un diario que parece tener hojas infinitas -y que escribo desde el 2011, año de mi todo-. Ya quiero acabarlo, ya quiero cerrar esas páginas pero parecen ser las cabezas de Escila; escribo una, surgen tres más.

Total. Si llegas a toparte esta página tómalo como un chiste personal si deseas hacerlo, si vienes también por el camino espinoso del divorcio únete al club de las que contamos los días de lágrimas derramadas: 271 días seguidos, 197 noches y a la fecha de vez en vez si me pones cualquier puta canción de «Random Access Memories Album». Mi matrimonio fue un chiste, una farsa, una idea alocada que decidí seguir por encontrarme en el limbo de la insatisfacción personal. No caí en la cuenta nunca de las apuestas que corrían a mi alrededor y el ego herido de machos closeteros. Eso sí, aclaro, yo no fui víctima, fui victimaria y lo que le debía al destino me lo cobraron con las creces de un día no tener nada.

¿Conocen la Odisea? ¿Ese momento simbólico del protagonista arrastrado por el mar después de que su tripulación fuera devorada por Caribdis? Esperaba la muerte con la resignación de quién no tiene ya nada qué perder. Algo así. «Soy Anerïs Castellana y esta es mi historia».

Eso sí, nada de lágrimas que aquí les voy a contar las cosas más irónicas de un matrimonio que duró tres meses -risas- y el cómo una servidora logró con todo y trastorno limítrofe de personalidad y una depresión que la hizo perder 13 kilos en un mes llegar a dónde está hoy. Sigo sin saber dónde estoy pero lo sorprendente es -y les juro que no sé como- que estoy parada sobre mis dos piernas.

Ironías

La navidad pasada (2017), jugando «Verdad o Reto» mi cuñado preguntó: «¿Por qué te casaste?» La gran, gran pregunta se había asomado. Alguien había sacado al tema a mi ex y bueno, era obvio que tenía que arrastrarse todo hasta esa etapa de mi vida. La respuesta fue simple: por mi padre.

Mi ex me propuso matrimonio de la forma más cagada posible: «Si nos casamos te dan seguro médico». Reí y nunca creí que fuera en serio, después se hizo serio y comenzó a convertirse en un tema que durante un rato evadí. Suficiente había sido con el hecho de haber aceptado andar con él -yo no estaba tan segura-, luego de irme a vivir con él -yo no estaba tan segura- y finalmente casarme con él… sí, tampoco estaba tan segura.

Una noche, casi madrugada, él dormía plácidamente y yo ya no podía contener las voces de todas mis amigas, hermanas y madre: es un gran partido, es un gran hombre, es súper responsable, tiene un buen corazón, te ama, te respeta, nunca encontrarás otro como él -sigo rezándole a Dios por ello-. Sólo había una última palabra.

El teléfono sonó y contestó mi padre. Necesito hablar -ahora yo necesitaba hablar-. Aún recuerdo esa conversación:

-Tu madre y yo sabemos que no eres como tus hermanas, que te nos caíste de chiquita y por eso eres así, pero sólo tengo una pregunta qué hacerte ¿lo amas?

-Daría mi vida por él.

-Entonces cásate como un favor hacía él.

Regresé a la cama, lo levanté y le dije: Sí, vamos a casarnos.

Él no lo sabe, pero fue a partir de esa noche que dejé de dormir más de cuatro horas corridas. Comenzó la ansiedad, el estrés, mis dudas. ¿Estaba haciendo lo correcto? La sociedad indicaba que sí, ya vivía con él, lo amaba inmensamente, ya sabía planchar camisas y ya había logrado incluso un estado de confort. No me daba dinero pero pagaba todo -servicios, gas, renta, etc.-. Nada importaría entonces que nadie pelara mis curriculums, qué más da si no me titulaba, igual todos me lo decían «No mames te sacaste el premio gordo ¡es ingeniero!». Podrá sonar irónico pero cuando lo conocí, no tenía ni un peso en la bolsa…

Flashback: Durante una de nuestras primeras conversaciones en la Facultad de FyL, cuando le pregunté si quería un café, tocó todas sus bolsas y me dijo: «No» con una sonrisa enorme, enseñando sus dientes de caballo que decía tener. Fue ahí, ese día que yo comencé a enamorarme de él. Cuando le dije «yo invito» y él aceptó encantado.